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| Esta foto la saqué de internet. Quisiera poner créditos, pero desconozco al autor. |
-Estoy muy drogada.- Dijo Eleonor y se quitó la blusa dejando sus blancos pechos al aire.
Dentro
de la misma habitación, Ricardo, pensativo, miraba el cielo por la
ventana. Una ilusa nube intentaba tapar lo
que quedaba del sol, mientras el viento la desintegraba para impedírselo.
-Ven
a ver el cielo conmigo. No seas floja.
-De
aquí tengo mejor vista… ven tú… aquí… a la cama… conmigo… y viólame- respondió Eleonor mientras
observaba el techo.
En su alucinación, ella podía verlo fragmentarse
para dejar desnudo a un cielo oscuro de estrellas rosadas que formaban enormes
círculos.
-Primero
ven a ver el cielo. Te lo hago después de eso.
-Jódete,
estoy teniendo un buen viaje.
-Levántate,
no te vas a arrepentir.
Molesta,
Eleonor se levantó de la cama y caminó hasta la ventana, se detuvo junto a
Ricardo.
-¿Ya
ves para lo que te hice levantarte? ¿Verdad que es perfecto?
Los
últimos rayos del sol pintaban las nubes lejanas de un color anaranjado
incandescente y el manto celeste iba del azul al rosa.
-Sí,
es hermoso y perfecto.
-Como
tú, nena.
Y al
decir esto, Ricardo abrazó a Eleonor y la besó en la mejilla. Tomó su rostro
con ambas manos y la miró a los ojos. Sonrió y la volvió a besar, pero ahora en
los labios.
-Nunca
eres tan bonita como cuando comes mescalina, tus pupilas se ensanchan y me
dejan ver lo que llevas ahí adentro… veo
tanto que me siento como un águila que atraviesa el edén. Ahora estás muy… muy
dopada, ¿no? No puedo ver tu iris.
- Es
tu cumpleaños. La idea era ponernos estúpidos, ¿no?
-Sí…
yo también estoy hasta el culo… ¿quieres pedir algo de comer? Podemos encargar
una pizza…
-No,
lo que quiero es que me comas el coño.
-Puedo
comértelo en lo que llega el repartidor.
-Vete
a la mierda, Ricardo. Media hora no es suficiente.
Ricardo
la besó en los labios, bajó por su cuello y llegó a sus pechos. Mientras los
besaba delicadamente llevó una mano hasta la entrepierna de ella, por debajo
del pantalón, y acarició su sexo. Luego
le desabotonó el pantalón y procedió a
sumir el rostro en su entrepierna. De pie, junto a la ventana, ella temblaba de
placer, podía ver el contraste entre la cabellera dorada de Ricardo y su
oscurísimo vello púbico.
-Nadie
como tú. Si Dios la mama. La mama como tú…
Ricardo
no contestaba, no podía contestar. No pasó mucho tiempo para cuando Eleonor dejó
de hablar y empezó a gemir y luego a gritar.
-¡Hazme
pedazos! ¡Soy tu perra, mátame!
Siempre
gritaba así poco antes de tener un orgasmo, y él adoraba eso de ella, entre
otras cosas, como la tierna forma en que hablaba con los perros, la agresividad de su mirada y lo que lo hacía
sentir cuando la tenía entre sus brazos. Ella también lo amaba, por sus ojos
grandes, por su buena ortografía y por el color de su miembro, entre muchísimas
otras cosas.
-Quiero
que me penetres- Dijo Eleonor cuando pudo volver a hablar.
Ricardo
se limpió la barbilla con la manga de su suéter y se sentó al borde de la cama.
Eleonor, con el pantalón hasta las rodillas se sentó junto a él y trató de palpar su miembro. Ricardo rechazó la
caricia.
-No
lo creo posible, estoy muy drogado. No puedo tener una erección ahora.
-Bien,
entonces pide una maldita pizza.
-¿Por
qué te pones así?
-¡No
me deseas, maldita sea!
-Estás
muy drogada, vamos, disfruta del colocón que traes encima.
Ricardo
se levanta de la cama y enciende el aparato de la música, las bocinas escupen
Psycho Killer. Eleonor se vuelve a poner el pantalón y sube a la cama, empieza
a bailar y canta para desgarrar el silencio entre ella y Ricardo, quien se
encuentra liando un porro.
-“We are vain and we are
blind …”
Ricado enciende el cigarrillo y aspira con
fuerza.
-Ven, amor. Sube a la cama y baila conmigo- Dice
Eleonor semidesnuda y contoneándose.
-No, ya sabes que yo no bailo.
-No coges, no bailas… ¿qué haces entonces?
Ricardo dirige una fría y seca mirada a Eleonor y luego le extiende el porro. Ella lo toma y
fuma. Levanta el pulgar en señal de aprobación a la calidad de la mariguana que
entra a su organismo.
-Voy a llamar a la pizzería- dijo Ricardo y se
dirigió a tomar el teléfono- ¿de qué la quieres, nena?
-Yo no quiero pizza. Pídela de lo que quieras.
Ricardo extendió una mano hacia Eleonor e hizo un
gesto en petición del porro. Ella bajó de la cama y lo puso entre los dedos de
él. Mientras del otro lado de la línea un empleado corría a levantar el
auricular, Ricardo aspiraba vigorosamente del cigarrillo.
-Buenas noches, Pizzería Venus, a sus órdenes.
La contención del humo de marihuana en los
pulmones de Ricardo lo hizo toser antes de poder contestar con la voz
entrecortada.
-¿Sí, bueno?
-Pizzería Venus, a sus órdenes.
-Gracias. Quiero… quiero una pizza grande…
Eleonor continuaba con su danza y sus senos
juveniles y descubiertos se meneaban sugerentemente; Ricardo, con el teléfono
al oído, no pudo evitar perderse en los movimientos de ella, repentinamente la
encontró más seductora que nunca, los efectos de la droga le ayudaban a
apreciar cada vibración de su cuerpo y le hacían percibir una estela de color
alrededor de ella.
-¿Qué ingredientes desea que lleve su pizza?- Se
escuchó a través del auricular.
Ricardo ignoró al empleado, se acercó a Eleonor y
la tomó del cabello para arrojarla sobre la cama. Ella sonrió, ya sabía lo que
eso significaba.
-¿Hay alguien ahí? ¿Podría darme los
ingredientes?- Chilló el empleado de la pizzería al teléfono.
-Ah, sí… disculpe… Vida, ¿de qué quieres la
pizza?
-A la mierda la pizza. Yo te quiero a ti. Te amo,
amorcito. Ven aquí- Suplicó Eleonor jalando a Ricardo de un brazo.
-Bien, quiero una pizza de champiñones y
pepperoni.
-Buena elección, por veinte pesos más podemos
añadir otro ingrediente, ¿le interesa?
-No, eso sería todo por ahora.
-Diles que traigan cerveza, maldita sea- gruñó
Eleonor.
-¿Podría traer también dos cervezas oscuras?
-No seas maricón, pide seis- volvió a replicar
ella.
-¿Sería todo?- preguntó el empleado de la
pizzería.
-Que sean cinco cervezas.
-De acuerdo, ¿a dónde llevaremos la orden?
-Avenida de los Pirules 113.
-En media hora estamos ahí. Gracias por
preferirnos.
-Bien, gracias.
Ricardo colgó el teléfono y Eleonor, deseosa,
yacía sobre la cama.
-Ven, amor…
Ricardo se acercó. Eleonor se sentó en la cama y
le retiró el cinto. Llegó hasta el miembro de su hombre y lo encontró flácido.
Ricardo era un consumidor más que asiduo de drogas y ella tenía que
arreglárselas para motivarlo. Sabía cómo hacerlo, lo amaba. El aparato de la
música ahora reproducía otra canción, a la que ninguno de los dos puso atención,
pues Eleonor se encontraba dando una mamada a su hombre mientras él le
acariciaba dulcemente la cabellera. Cuando el miembro estuvo erecto, él procedió
a quitarle el pantalón; ella no usaba ropa interior. Así que después del
pantalón seguía la penetración. Eleonor se ponía romántica en cada follada y al
llegar a la posición en la que ella iba arriba, siempre decía cosas como:
-Quiero cogerte hasta que te seques. Te amo, ¿me
dejas cogerte hasta que te seques, hasta que te acabes, hasta que de ti no
quede nada?
Y se movía más rápido, como si quisiera sorber a Ricardo
con su vagina. De pronto sintió venir el orgasmo.
-Ya voy, Ricardo, ya voy…
Después de ella, Ricardo no tardaba en tenerlo.
Él no hacía ruido. Nunca. Se venía y se paraba en seguida en busca de la pipa,
eso era algo que ella siempre le recriminaba.
-Eres frío. No puedes quedarte y abrazarme
después de cogerme. Maldita pipa. Un día de estos, en el que estés muy drogado,
te la voy a meter por el culo.
Ricardo no decía nada. Aspiraba el humo de hachís
de la pipa de cristal y luego se la pasaba a Eleonor. Ya sabía que con eso ella
se controlaba. Eleonor fumaba y luego bailaba desnuda y descalza hasta que se
acercaba la hora de marcharse. Ese día ella estaba bailando cuando sonó la
campana de la puerta. Se trataba del repartidor de la pizzería.
Ricardo era poco tolerante ante el cinismo de su
novia, pero estaba demasiado drogado como para interesarse en una discusión con
ella y sólo ambicionó a ponerse el pantalón para bajar a recibir su pedido.
Eleonor permaneció en la habitación hasta que algunos minutos después su baile
se vio interrumpido por tempestuosos sonidos que provenían de la planta baja y
tuvo que salir a ver qué sucedía.Encontró a Ricardo y a un hombre joven riñendo
sobre el sillón de la sala. Su novio asfixiaba con su cinto al sujeto, quien
evidentemente era el repartidor de la pizzería, pues llevaba el logo estampado
en la camisa.
-¿Qué mierda está pasando aquí?- Preguntó Eleonor
antes de tomar una cerveza del pedido que se encontraba sobre la mesa de
centro.
-Este maldito hijo de perra. Me discriminó por mi
aspecto. De seguro pensó que un drogadicto no puede pagar con un billete de 500
y se puso a revisarlo para ver si no era falso-contestó Ricardo.
-¿Es eso cierto, imbécil?- Habló Eleonor al
repartidor
El repartidor comenzaba a ponerse morado y las
venas de la frente parecían querer salírsele de la piel.
-No, yo… yo sólo…
-¡Cállate! ¿Por qué me miras las tetas?
-¿Te vio las tetas, nena?- Interrumpió Ricardo.
-Sí, mi amor- dijo Eleonor lastimera.
-Maldito perro. Vienes a mi casa, me humillas y
además le miras las tetas a mi mujer…
Ricardo dejó de apretar el cuello de su víctima
con el cinto y le dio un puñetazo en la cara. La nariz del hombre comenzó a
sangrar.
-Y tú también, puta infernal, ¿por qué no te
vistes?
Ella no contestó inmediatamente, bebió de un
trago lo que quedaba de la cerveza que acababa de abrir.
-¿Cuántas veces te he pedido que no me llames
puta frente a la gente, Ricky?
-Me importan un carajo tus peticiones.
Ricardo tomó a Eleonor del rostro y le mordió la
barbilla hasta hacerla sangrar. El repartidor aprovechó el íntimo momento entre
la pareja y trató de escurrirse hasta la puerta, pero ellos advirtieron sus
movimientos.
-¿A dónde vas, cariñito?- dijo Eleonor y luego
estrelló la botella de vidrio contra la pared.
Se acercó al hombre y, con el arma punzocortante
que acababa de hacer, amenazó con abrirle el cuello.
-Acompáñame a la sala, guapo. Todavía no
terminamos contigo.
En la sala, Ricardo se bebía una cerveza.
-No sé por qué te gustan estas mierdas, hermosa.
Maldita cerveza, el efecto es bueno, pero su sabor me es tan desagradable…
-Eso pasa porque eres un maricón que no acepta lo
que es. Ven, ayúdame a amarrarlo. Quiero que nos vea jodiendo.
.-No tengo ganas de joder.
-¿Ah, no? Entonces tú nos verás jodiendo a
nosotros.
-¿A quiénes?
-Al repartidor y a mí.
Sin quitar el vidrio del cuello del joven, Eleonor
se dirigió a él.
-¿Cómo te llamas, amiguito?
-Carlos…
-Bien, Carlitos, dime… ¿te parezco linda?
Ricardo se mantenía bebiendo de la cerveza y sentado
en uno de los sillones, a la expectativa de la respuesta del repartidor;
Eleonor limpiaba la sangre del cuello del repartidor con su lengua. Éste último
no sabía qué contestar, temeroso ante la reacción de ambos.
-Dime, Carlos, o te rebano la yugular.
-Sí, es usted muy bella- contestó con voz queda.
Ricardo no se movió de su lugar, sólo dio un
largo trago a la cerveza.
-Dime, Carlos, qué es lo que te gusta de mí.
El repartidor volteó hacia Ricardo antes de
contestar, como buscando su aprobación para hacerlo. Ricardo seguía sin
moverse.
-Tiene usted un lindo cabello negro.
-¿Qué más?
-La forma de su barbilla es exquisita.
Eleonor besó los labios del repartidor muy
suavemente. Él pudo percibir su aliento podrido por las drogas y el alcohol.
-Tienes excelente gusto y eres buen observador,
Carlos. Dime, ¿tendrías sexo conmigo?
Ricardo observaba atento desde el sillón. El
repartidor ya no lo miraba a él, sino a la mano que sujetaba el vidrio que cada
segundo sentía más cercano a cercenar la escasa carne de su cuello.
-Sí, sería un placer, señorita- contestó
tembloroso.
Ricardo se levantó furibundo, golpeó al pobre
hombre en el estómago y empezó a gritar:
-¡Ningún hijo de puta va a venir a mi casa, el
día de mi cumpleaños, a dudar de la originalidad del dinero que me gano
atravesando tres estados del país con la maldita camioneta cargada de drogas y
a querer joder con mi mujer! Y tú, pequeña puta…
Ricardo tomó a Eleonor del cabello y la arrojó
sobre un sillón, subió sobre su cuerpo.
-¿Por qué haces eso, eh? Te amo tanto, eres tan
hermosa que me destroza verte desperdiciándote con hombres mediocres…
El repartidor hizo uso de la distracción de sus
verdugos a su favor y salió despavorido del lugar. Ellos ni siquiera lo
notaron.
-Te amo, Ricky… más que a mi vida. Perdóname. Es
que estoy muy drogada.
Ricardo dio un beso en la frente a su amada y
dijo:
-¿Quieres pizza, mi amor? Muero de hambre.
Maldito repartidor, yo sólo quería comer y el muy idiota tenía que venir a
quitarnos el tiempo con sus prejuicios de mierda.
Allá afuera todo transcurría como siempre: había
dos enamorados jurándose amor eterno, un niño hermafrodita estaba naciendo, un
beodo pedía limosna para comprar su próximo trago, una prostituta subía al auto
con el primer cliente de la noche y la
luna y las estrellas brillaban en lo alto con luz ajena.

¡Me encanta, Jannelle! Sigue escribiendo siempre :)
ResponderEliminarGracias, Marthita!!
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